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desprecio

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El arte del desprecio

Javier Cercas, EL PAIS SEMANAL - 25-02-2007

 

 

 

En ‘La silla de Fernando’, un documental que es sobre todo un admirable ejercicio de admiración filmado por Luis Alegre y David Trueba, Fernando Fernán-Gómez afirma que, contra lo que suele creerse, el pecado nacional de los españoles no es la envidia, sino el desprecio; o, mejor dicho, el desprecio de la excelencia: quien envidia desearía escribir las 1.200 páginas del Quijote, dice Fernán-Gómez; quien desprecia es el que dice: “Pues, chico, yo he leído 30 páginas del Quijote y no es para tanto”.

 

La observación debe de ser tan exacta que incluso quienes no creemos en los pecados nacionales (porque sospechamos que los pecados, como la estupidez, están muy bien repartidos y no entienden de fronteras) no tendremos más remedio que estar de acuerdo con ella, a menos que nos resignemos a prescindir de la realidad que nos rodea.

 

Aquí, en efecto, la admiración parece estar siempre bajo sospecha: quien la practica sólo puede ser un pazguato, un indocumentado, un hipócrita, un adulador o un arribista; el desprecio, en cambio, es síntoma inequívoco de inteligencia e insobornabilidad, y quien lo ejerce es considerado sin falta un espíritu superior, independiente y veraz.

 

No niego que a nuestra realidad le sobren cosas y personas dignas de desprecio: lo que afirmo es que aquí encontramos un mérito en sumar a ellas las que son dignas de admiración y que, antes que admirar a quien hace algo, nosotros preferimos con mucho admirar a quien desprecia a quien hace algo.

 

Esto explica un fenómeno extraordinario, en el que no sé si habrán reparado, y es que cada vez que en España recibe un premio una persona que no sea víctima de un delirio megalómano y ególatra, su cara es de verdadera incomodidad, si no de pánico, como si estuviera calculando el precio tremendo que tendrá que pagar por la distinción, o como si hubiera olvidado sus méritos y se estuviera preguntando no por qué le han dado ese premio, sino, según diría Vázquez Montalbán, contra quién se lo han dado.

 

Ignoro si el párrafo anterior es fruto de un ataque pazguato de pesimismo regeneracionista; si no lo es, entonces lo dicho en él vale para casi todo: para la política, para el arte, para la ciencia, para el deporte. Muchos de ustedes no habrán olvidado una anécdota.

 

En 1994, después de haber ganado tres Tours de Francia y dos Giros de Italia, Miguel Induráin perdió la ronda italiana de aquel año, tras una contrarreloj catastrófica y una pájara épica después de subir el Mortirolo, a manos de un ruso efímero llamado Evgeni Berzin.

 

Para entonces Induráin ya era el mejor deportista español de todos los tiempos, y acaso el más noble (acuérdense del Mundial del año siguiente, cuyos últimos kilómetros renunció a disputar en beneficio de su compañero Abraham Olano), pero durante la semana posterior a aquella derrota muchos comentaristas se lanzaron heroicamente a degüello sobre él, exigiéndole a gritos que se retirara y nos ahorrase la vergüenza de verlo arrastrarse por las carreteras como un alma en pena.

 

Pues bien, ese mismo año Miguelón volvió a ganar el Tour, y al año siguiente también, pero que yo sepa nadie le pidió disculpas, y los mismos que lo habían triturado cuando perdió aquel Giro volvieron a triturarlo cuando por fin les hizo caso y se retiró. Y

 

a lo sé: ejemplos como éste los hay a patadas (en una ocasión en que visitó a su familia en Zaragoza tras uno de sus grandes éxitos internacionales, Luis Buñuel se cruzó en la calle con uno de sus antiguos compañeros en los jesuitas. “Luis, que ya me he enterado de lo de tu película”, le dijo el compañero. “Por cierto, muy flojica, ¿eh?”); añado un ejemplo inverso.

 

No es posible que el éxito radiofónico de Federico Jiménez Losantos se deba únicamente a motivos ideológicos (de ser así, este país habría estallado hace tiempo); contra lo que cree una parte del PP, que acata las reprimendas de Losantos con docilidad no indigna de los pupilos de la señorita Rotenmeyer, yo sospecho que su aceptación se debe a su portentosa capacidad para ejercer el desprecio: basta con escucharle pronunciar el nombre de un político odiado, incluido más de uno del PP, con el correspondiente chasquido de asco, para sentir en la cara una vaharada de veneno e imaginarse al castellano viejo de siempre acodado a la barra de un bar, con una copa de coñac en la mano, el suelo lleno de restos de gambas y el palillo despectivo en la boca, disparando contra todo lo que se mueve con una furia que a la vez hechiza y alivia a quienes lo escuchan, como si ese odio salvaje fuera un lenitivo contra una oscura enfermedad incurable.

 

El nombre de la enfermedad no importa (o no importa ahora, o es demasiado evidente); lo que importa es que existe y que a ratos es tan invasora que nos lleva a pensar que sólo a nosotros nos afecta, quizá porque vemos forjarse a diario muchos más prestigios a base de despreciar la excelencia donde muchos la ven que a base de descubrirla donde nadie sospechaba que existía.

 

Puede que se trate sólo de un efecto óptico, fruto de una proximidad excesiva, pero es difícil librarse de la impresión de que nadie practica con más ahínco que nosotros el arte del desprecio.

 

O puede que no sea para tanto.

 

En todo caso, y bien pensado, es improbable que el ensayo de desprecio del desprecio que contiene este artículo contribuya a disiparla.

 

 

 


 

 

 

Olvidando el gran dedo hacia los Españoles .. este es un buen artículo sobre el tema del desprecio (tal vez es un patrón cultural europeo, porqué por cierto se encuentra en Inglaterra, Italia ...).    En general el despreciar hasta des-humanizar a una persona o a un grupo es el primer paso de cualquier opresión, y sería imposible encontrar entre personas mentalmente equilibradas, felices y satisfechas en si mismas: la actitud humana y natural de un infante hacia todas personas, y más si son 'diferentes', es de profunda curiosidad e interés.  El artículo "compañero" de este es el de confusión, porqué el desprecio es el otro extremo al cual recorrimos para huir del dolor interno causado por cualquier circunstancia que nos desafía y nos hace cuestionar a nosotros mismos (y hay una gran concentración de estas en el Programa de Aprendizaje en Acción: está DISEÑADO para desafiar y llevar a la luz lo más rápido posible a nuestros patrones destructo-culturales.  Para que podamos transformarlos, o como mínimo ser más conscientes de ellos).

 

 

 


 

"Peor que ver la realidad negra, es el no verla."

(Antonio Machado, poeta)

 


 

 

 La ceguera

 El guru, que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio.

 “¿Qué deseas?”, le preguntó el guru.

 El abad le contó una triste historia. En otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios, y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente: “¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación”?

 “Sí”, respondió el guru, “un pecado de ignorancia”.

 “¿Y qué pecado puede ser ése?”.

 “Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis”. Y, dicho esto, el guru cerró sus ojos y volvió a su meditación.

 Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías!, había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerle? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos...

 Pero resulta que el guru había hablado de un Mesías “disfrazado”... ¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos... ¡y uno de ellos tenía que ser el Mesías!

 Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿el Mesías... aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado... entonces, tal vez... ¿Podría ser Fulano...? ¿O Mengano, o...?

 Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. “Nunca se sabe”, pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, “tal vez sea éste...”.

 El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor.

 ¿De qué sirve tener ojos si el corazón está ciego?

 

 


 

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